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Bicentenario, Canal y literatura

Seguimos en nuestro recorrido a lo largo del pensamiento nacional en el contexto del bicentenario de la República. El Faro […]

Seguimos en nuestro recorrido a lo largo del pensamiento nacional en el contexto del bicentenario de la República. El Faro abre el diálogo entre distintos actores y facetas del quehacer local.

En esta ocasión, exploramos el impacto de la construcción de una ruta de agua en la literatura, para lo cual hablamos con el doctor Luis Pulido Ritter, académico panameño quien desde Berlín, nos ofrece una mirada personal y profesional al escenario de la literatura, en un mundo poco explorado desde la perspectiva de la literatura y el Canal; donde la migración y la yuxtaposición de mundos y realidades producen un fenómeno, aun por analizar a profundidad; y en el que coincidimos, se encuentra en un proceso de transformación permanente.

Canal y literatura. El Canal de agua, pensado y construido desde nuestras orillas, trajo profundas repercusiones en lo social, económico, político y territorial. Hablemos de ello y de su reflejo en las letras. ¿Qué tuvo que ver el Canal con la literatura?

Si parto del principio que la literatura tiene que ver con todo lo humano, te puedo decir que el Canal, por la implicación humana que tiene, está dentro de la literatura. Es de allí, por ejemplo, que podemos comprender los textos de un Joaquín Beleño (Gamboa Road Gang, 1960) o de un Eric Walrond (Tropic Death, 1926), quienes revelaron las consecuencias humanas de una obra como el Canal.

Luis Pulido Ritter, doctor en Sociología
Luis Pulido Ritter, doctor en Sociología (Universidad Libre de Berlín). Ganador del Premio Miró categoría ensayo (2007, 2017, 2020). Es redactor asociado de La Estrella de Panamá, Miembro de la Academia Panameña de la Lengua, profesor extraordinario en la Facultad de Humanidades e investigador en el Instituto de Estudios Nacionales (IDEN) de la Universidad de Panamá.

¿Está tu producción literaria relacionada con la circunstancia personal de haber nacido junto a un Canal? ¿Es tu obra literaria reflejo de esta circunstancia, en donde de alguna manera también te reconoces personalmente, más allá de sus orillas?

Sin duda, mi experiencia con el Canal y, específicamente, con la Zona del Canal, que, como tú sabes, fue un conglomerado humano, social, económico y político norteamericano, un enclave dentro de Panamá, ha marcado nuestras vidas hasta el día de hoy. Haber crecido en la ciudad, segregado de una parte del territorio, no es una experiencia que te deja indiferente o inmune para toda la vida.

¿Quién de mi generación no recuerda la cerca de la Zona?

Llevamos esa experiencia en el alma y, sin duda, esto ha tocado mi producción literaria y académica. Me parece que lo que más me ha dado la experiencia del Canal, el enclave colonial de la Zona del Canal, es que rechazo los muros, las fronteras y las segregaciones. Es una experiencia que, incluso, estuvo presente en la escritura de mi libro, “Filosofía de la Nación Romántica” (2007), con el que entré a un bloque discursivo, inmovilizado y cerrado, donde el aire ya se había detenido y olía a humedad vieja. Lo que hice, con este libro, fue abrir las ventanas, saltar de esas trincheras impuestas y llenas de lodo que habían paralizado el dinamismo del pensar. En efecto, huyo de las exclusiones, de la fronterización del pensamiento, y me atrae el tráfico, el viaje, el sentimiento de libertad vivida y por vivir: me gusta ir al aire libre.

El muro de Berlín y el fin de la Zona del Canal. Nuestra conversación giró entorno a procesos determinantes comunes en sociedades como las de Berlín y la de Panamá; al respecto, Luis nos dice:

Es por eso que viví con tremenda satisfacción la caída del Muro de Berlín, ciudad donde vivía en 1989, justo un mes antes de la invasión a Panamá. Allá sentí el sueño de la libertad, la caída de ese muro, que había encerrado a la gente. Eso coincidió con mi sentimiento de vida, porque siento y vivo la libertad, aunque ahora acepto, por razones de salud individual y colectiva, que respetemos las normas de cuidado frente a la pandemia. Y con mis textos, estoy permanentemente buscando la crítica, el movimiento, la conexión entre realidades y países, imaginarios y discursos. Desde mi tesis doctoral, me he dedicado entonces a cruzar mares, países y continentes, donde me ha llamado especialmente la atención el Caribe, que en el fondo es hablar de Panamá por su complicada y rica historia de lenguas y culturas, y que me ha ayudado a conectar América, África, Europa y Asia, como lo he hecho ahora con mi último premio Miró en la categoría de ensayo, Un viaje Transatlántico (2020), donde el ensayista, se mueve a través del mundo con alma de vaporino.

Zona del Canal de Panamá

Literatura, sociedad y siglo XIX. Algunos historiadores y antropólogos entienden la conformación social de Panamá como una con dos caras: una transitista y otra rural. La primera, en descripciones de estudiosos, como una “de cultura cosmopolita, extranjerizante, laica, de una economía de servicios, moderna, con capacidad de negociación, libre cambista…angloparlante, criolla, negra, china y europea…” frente a otra tradicional regionalista, hispanista, católico, tradicionalista, con admiración por la heroicidad y el fisiocratismo”. (Porras, 2020) ¿Cómo abordas- desde estas interpretaciones- la producción literaria del Panamá del siglo XIX?

Por metodología me interesan las contradicciones y las paradojas, el quiebre y las fracturas de las fronteras, los intersticios y las transformaciones. A primera vista, ese modelo de Porras es útil y funciona para el siglo XIX, pero, para comenzar, habría que preguntar qué entendemos por todos esos conceptos y qué tan “cosmopolitas”, “laicos” y “extranjerizantes” eran los que proponían una “economía de servicios” con el Canal como punta de lanza.

Mientras preguntaría aquí si el llamado “terciarismo” se traduce necesariamente en “cosmopolitismo”, “laicismo” y “extranjerización”, en muchos aspectos, Panamá es la mejor prueba de que, con una economía terciaria, de servicios, hay ciertos imaginarios sociales, políticos y culturales que están todavía atrapados en la sociedad colonial, imaginarios que fueron muy bien descritos por Mariano Arosemena en sus “Apuntamientos Históricos” del siglo XIX. A partir de aquí, te puedo decir que, por ejemplo, para el siglo XX, tenemos a un personaje como el expresidente y ministro Ricardo J. Alfaro (1882-1971). Por un lado, él era un capitalino, un hombre viajado y negociador de los tratados del Canal, y por otro lado, no dejó de ser un intelectual romántico, un pueblo, una cultura, una religión y un Estado nacional. Por ello, entonces, fue promotor y fundador de la Academia Panameña de la Lengua y además, se ideó un diccionario de anglicismos que debería salvaguardarnos o protegernos de la extranjería. Y, en otro sentido, te menciono a Roque J. Laurenza (1910-1984), que era chitreano, y fue uno de los intelectuales, en términos clásicos strictu sensu (sentido estricto), más exquisitos y universales, cosmopolitas y educados que ha tenido este país más allá de toda idea romántica y populista de nación. Él tenía, por cierto, una consciencia extraordinaria de lo popular, cuya cultura es tremendamente paradójica y contradictoria. Y así me puedo ir hasta el infinito. Con esto quiero decir que el asunto es complejo, que está lleno de giros que modifican moldes, y hay que estar conscientes de las múltiples transformaciones que han marcado a la sociedad panameña, desde la élite hasta lo popular, de acuerdo con sus períodos y contextos históricos-sociales en un país tremendamente diferenciado e imbricado como el nuestro.

Canal y sus aguas fragmentadas. En tu obra te refieres a la literatura y a los sujetos desde un escenario que le has llamado el “Atlántico fragmentado”. El Canal produce otros fragmentos sociales y territoriales. La comunidad negra antillana es un reflejo de ello, como lo fueron la Zona del Canal y lo es la ciudad de Colón, otro retazo Atlántico. Hablemos desde aquí, del espacio fragmentado, de la literatura, teñida con rasgos de una nueva paleta de negritud, postesclavitud.

En mi libro “Fragmentos Críticos Postcoloniales” (Premio Miró, 2017), que es un libro de transición entre el primer y el tercer Miró, introduzco un capítulo sobre expatriados, inmigrantes y extranjeros, un capítulo que conecta con los imaginarios migratorios de un país como Panamá. Lo fragmentario son las fronteras desde el poder, fronteras económicas, políticas y culturales, fronteras que no pueden negar o paralizar la conexión, el movimiento y el traspaso de ellas. Es por eso, entonces, que este capítulo es la consciencia de este desplazamiento, este tránsito, que crea una red de relaciones, una urdimbre que se va armando a lo largo y ancho del mundo, que rompe esas fragmentaciones discursivas de poder entre etnias, clases y Estados. Para mí el Canal es parte de esa urdimbre y los migrantes, tanto “extranjeros”, como “nacionales”, estamos dentro de ese tejido de relaciones.

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  1. Muy bueno. La Zona del Canal de Panamá fue una frontera artificial. En su momento representó muchos factores positivos y negativos cada uno con su relativo peso. Lo que siempre me resultó molestoso, fue ver este demarcado territorio cercado, no siempre, con una cortina de alambre ciclón que nuestras autoridades, muy remotamente pensaron conectar efectivamente con el futuro desarrollo urbano de la ciudad de Panamá o de Colón. Es más, los males del desarrollo urbano de estas ciudades se le achacó precisamente a esa frontera que supuestamente limitaba su crecimiento adecuado, como si no hubiera otra solución que hacer. Muy tímidamente la conexión con la Canal Zone ha sido tratada.

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