Un símbolo rasgado que unió a toda una nación
Ana Mateo, ayudante estudiantil. Como estudiante universitaria en el año 2025, hablar del 9 de enero de 1964 no significa […]
Ana Mateo, ayudante estudiantil.
Como estudiante universitaria en el año 2025, hablar del 9 de enero de 1964 no significa repetir una historia ya contada, sino intentar imaginar cómo se sentía vivirla. No desde los libros, sino desde la piel de los jóvenes que ese día salieron de sus aulas sin saber que no todos regresarían. En 1964, Panamá era un país con nombre propio, pero con una soberanía incompleta, una independencia que no se sentía plena. La Zona del Canal seguía siendo un recordatorio constante de esa herida histórica subyacente.
Para los estudiantes de entonces, esa realidad no era abstracta. Era cotidiana. Sabían que había calles que no podían cruzar con libertad, espacios donde su bandera no era bienvenida. La bandera panameña no era solo un símbolo patrio: era la forma más clara de decir “aquí estamos” en un país donde muchas veces se les hacía sentir que no pertenecían.
Salir del aula, entrar a la historia
El 9 de enero de 1964 comenzó como cualquier otro día de clases. Uniformes puestos, cuadernos bajo el brazo, conversaciones normales entre jóvenes de 17 y 18 años. Sin embargo, ese día había algo distinto en el ambiente: una determinación silenciosa.
Desde el Instituto Nacional, un grupo de estudiantes decidió marchar hacia Balboa para izar la bandera panameña junto a la estadounidense, tal como se había acordado. No iban buscando enfrentamiento. Iban convencidos de que defender un símbolo también era defender su dignidad.
Pensar en ellos desde 2025 resulta inevitablemente conmovedor. Eran jóvenes como nosotros hoy: estudiantes, hijos, amigos. No eran soldados ni líderes políticos, solo muchachos que entendieron que había momentos en los que quedarse quieto también era una forma de perder.
Mediodía, una bandera rasgada
Al llegar a Balboa High School, el ambiente cambió. La tensión se sentía en el aire. La convivencia dentro de la Zona del Canal siempre estuvo marcada por la desigualdad, y ese día quedó expuesta con crudeza.
El forcejeo ocurrió rápido. La bandera panameña cayó y fue rasgada. Ese instante fue más que un accidente: fue una herida directa al orgullo nacional. Para Panamá, no se rompió solo una tela; se rompió el respeto.
La noticia se propagó como un eco de indignación. Lo que sucedía en Balboa ya no era solo asunto de estudiantes, sino de todo un país que llevaba años acumulando frustración y silencio.
La tarde
Con el paso de las horas, las calles comenzaron a llenarse. Hombres, mujeres, jóvenes y adultos salieron a manifestarse. La protesta estudiantil se transformó en un reclamo colectivo.
Desde mi mirada como estudiante en 2025, reconozco el papel fundamental de la juventud. Fueron ellos quienes encendieron la chispa. No actuaron desde el odio, sino desde una convicción profunda: Panamá merecía respeto.
El precio de alzar la voz
La respuesta fue desproporcionada. La intervención armada convirtió la protesta en tragedia. Disparos, confusión, gritos. Muchos estudiantes quedaron atrapados en medio del caos. Algunos no sobrevivieron.
Pensar que jóvenes con sueños, planes y futuro perdieron la vida por defender un símbolo duele incluso décadas después. Eran estudiantes, como los que hoy llenan las universidades, con la diferencia de que ellos enfrentaron una realidad que no les dio tregua.
Una noche con el país en duelo
Cuando cayó la noche, Panamá ya no era la misma. Más de veinte panameños habían muerto. Las calles estaban marcadas por el dolor, pero también por una unidad que nunca se había sentido con tanta fuerza. El sacrificio de esos estudiantes cambió la historia. Panamá rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos, dejando claro que no estaba dispuesta a seguir aceptando una soberanía incompleta.
Reflexión desde 2025
El 9 de enero de 1964 fue el inicio de un proceso que años más tarde conduciría a los Tratados Torrijos-Carter y a la recuperación total del Canal. Pero más allá de los acuerdos políticos, dejó una lección profunda: la historia también la escriben los estudiantes.
Como universitaria en 2025, recordar ese día no es un acto automático ni obligatorio. Es una responsabilidad. Porque la soberanía que hoy vivimos fue construida con sacrificio juvenil.
El 9 de enero no es solo una fecha. Es la voz de aquellos estudiantes que, sin saberlo, nos enseñaron que la dignidad de un país también se defiende desde las aulas.






